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La prostitución: entre la protección y la desprotección

María Martínez

Madrid (suburbio), 15 de febrero de 2022

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Llevo años en contacto con organizaciones feministas que desarrollan programas para mujeres en situaciones que ellas denominan de vulnerabilidad —violencia de género y prostitución/trata en su mayoría—. Trabajé con/sobre ellas primero en la tesis como parte de las movilizaciones feministas, después en Mundo(s) de víctimas por su trabajo con víctimas de violencia de género donde también rozamos la trata como forma de victimización. Conozco varias de estas organizaciones y en esta ocasión me intereso por una que lleva años realizando programas de atención a mujeres tratadas. Hace poco, esa organización se decidió a abrir un centro de recursos —un espacio físico— en medio de un lugar del extrarradio de Madrid donde se concentra el ejercicio de la prostitución. Allí está su objeto de intervención: las mujeres tratadas.

Me parece sugerente y con esa idea me acerco, la presencia de un espacio de protección y acogida en medio de un lugar de abandono, desprotección y desaparición. Así podemos considerar ese barrio de concentración de la prostitución muy periférico y concretamente al espacio donde se ubican muy cercano a un vertedero al que se ha expulsado parte de la prostitución de Madrid en los últimos años. 

He quedado con algunas personas que trabajan en ese espacio. Como llego pronto, me paseo por la zona. Es un barrio de Madrid, pero de esos que quedan fuera de la M-30 que hasta hace poco se constituía como frontera simbólica entre el Madrid-Madrid y su extrarradio pero que desde hace un tiempo se está haciendo más centro por la carestía inmobiliaria. Voy en cercanías, no en metro lo que ya da una pista de la distancia, pero en términos de tiempo es rápido (a menos de 20 minutos desde el centro).

 

Mi sorpresa es inmediata: pensé encontrarme un polígono, pero lo que veo en frente es una zona residencial de clases medias (de esa media española de la burbuja inmobiliaria), ya con algunos servicios (colegio); unos pasos más adelante se ve claramente que esa zona es producto de esos años con varios edificios nunca finalizados.

Ese pequeño cuadrado residencial termina rápido y junto a él aparece una zona de industria no pesada, empresas de esas que fabrican cables, electrodomésticos o hacen mantenimiento de ascensores. Un polígono. Es esa la zona de la prostitución en la que trabaja el espacio que voy a conocer, su local está al lado de una peluquería y seguido de una asesoría inmobiliaria, mezcla curiosa.

Haciendo tiempo paseo y busco sin buscar, pero buscando al tiempo signos de ese mundo de prostitución y trata. No lo veo, no lo encuentro, quizás por la hora del día (aunque pensaba que la prostitución no entendía de horarios); lo que encuentro es tránsito de coches y pequeños camiones, y dos o tres viandantes de la zona, imagino.

Entro al local y me reciben 3 personas que trabajan en él con diferentes posiciones en el programa. Trabajan alguna más, incluyendo dos mediadoras que son mujeres supervivientes de la trata que ahora ayudan a otras. El local es un espacio pequeño pero con varios espacios separados. En uno de ellos veo un portapapeles de lo que parece ha sido un curso de inglés… Ese espacio es un lugar de llegada de aquellas mujeres en situación de trata que captan en lugares de prostitución. Allí generan un mínimo vínculo de confianza que les permitirá que se acerquen a ese espacio. Lo hacen de una manera muy práctica: ofreciendo talleres de idiomas, de gestiones (tarjeta sanitaria), o una asesoría jurídica sobre papeles. Ya aquí intentan intervenciones con la psicóloga que trabaja con ellas “para hacerles ver lo que les pasa”. Ya lo veíamos con las víctimas de violencia de género con esta y otras organizaciones similares: estas mujeres no saben lo que les pasa y hay que hacérselo ver “siempre entendiendo que son sujetos autónomos”… Lo que les pasa a esas mujeres y que no saben es que son víctimas de trata. No lo saben porque no han vivido un “momento de crisis”, una catástrofe que las indique que algo les pasa, sino que es “su vida normal aunque sea una mala vida.”

Indago sobre la tensión que me condujo aquí: la de constituirse en un espacio de protección en medio de un paisaje de desprotección. Entro a ello de manera bastante fluida al preguntar por esas mujeres que vienen a esas actividades concretas y luego se marchan a sus vidas. Lo describen con un “paso entre un mundo salvaje y este”. Yo anoto salvaje, ellas no están segura de haber usado ese adjetivo, pero da igual. Me dicen cuando les pregunto por ese mundo (que es el de la prostitución/trata): “salvaje, o lo que quieras, brutal, de violencia extrema, de vejaciones, o el adjetivo que tú quieras ponerle”. Ese mundo es tan extremo, vendrán a decirme, que no es ni imaginable. No hay nada más duro, contarán, que ver mujeres muy jóvenes, pero también muy mayores prostituyéndose. Me cuenta una de ellas la impresión que le dio la primera vez al ver a una mujer de 70 años prostituyéndose, pero también (y aquí insisten que el foco debería ser este) en hombres de 80 ejerciendo de chulos. Rituales de masculinidad y sociedad enferma es lo que destacan.

Ahora, si el mundo de la prostitución/trata es extremo (y cualquier adjetivo que queramos ponerle), ¿cómo es “este” (espacio)?, les pregunto. Ahí sí aparecen categorías del proyecto o cercanas: es un limbo, un paréntesis, un agujero en una vida de violencias extremas, un lugar de respeto, de dignidad, un lugar de vinculación… En esto último se detienen. Me explican que el ejercicio de esa actividad extrema y de abyección que es la prostitución, requiere que estas mujeres dejen de crear conexiones con los clientes y con otros y con el mundo; aprenden a una “desvinculación constante para poder sobrevivir”. Ese es, entonces, un lugar de vínculos que se crean sólo con una mirada, con la escucha, y, con ello, establecen “una reconexión con el mundo”. Sin embargo, no suele suceder que establezcan vínculos entre las “usuarias”, “ya nos gustaría”, o a lo sumo, “surgen espontáneamente algunos vínculos, pero son efímeros”.

La conversación va decayendo, no ha sido larga. Termina, retomando una de las personas vinculadas al programa el hilo de mi explicación sobre nuestro proyecto, para definir ese lugar. Dice: “este es un espacio para que ellas cuenten para alguien, aunque ese alguien sea tan limitado como esta ONG y este proyecto, para tener un nombre, para poner una cara a ese nombre, para que se sientan que alguien sabe que existen”.