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Los zapatos de los desaparecidos, I: El pie descalzo y los zapatos. Por Ivana Belén Ruiz

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En la imaginería de la desaparición el resto, lo que queda después de que alguien desaparece, ocupa un lugar central. Ese resto toma muchas formas, desde el resto óseo al último mensaje. Una que se repite es la del zapato…

“El contenido del zapato desgastado dice mucho de quien los está buscando” Alfredo, proyecto Huellas de la Memoria

¿Qué cuentan los zapatos del que anda? ¿Del que anduvo? ¿Del que busca? Los zapatos son la materialidad de un cuerpo incógnito. Resto que habla de un ser vulnerable, de ahí que necesite calzado, pero también de un ser disciplinado: el “calzar un zapato” es también un gesto de socialización.

Si bien los expertos hablan de que el origen del calzado se remonta al Paleolítico Superior, su uso no se generaliza hasta pasados unos cuantos miles de años, ligado fundamentalmente a tres fenómenos que se entrecruzan: la homogenización religiosa, la producción industrial del calzado y la construcción de lo “civilizado” frente a lo “salvaje”. El pie descalzo es bárbaro, salvaje; se contrapone al calzado, civilizado, disciplinado. El pie descalzo es pobre, carne de tortura indenunciable. Pero lo descalzo es también reflexividad, renuncia voluntaria, problematización de la condición de “civilizado”, “educado”, “disciplinado”. El calzado es lo contrario, un artilugio que en principio nos protege de un entorno hostil. Pero termina por adquirir un significad
o que va mucho más allá que su mera funcionalidad protectora y se convierte en metáfora de “humanización”, en emblema de “humanidad”.

François Truffaut desesperaba por calzar a su pequeño “salvaje” como parte de educación civilizada. Elina Chauvet colocaba zapatos rojos en su performance de denuncia sobre los feminicidios en Ciudad Juárez. En el camino migrante que atraviesa México, hay puestos de reparación de calzado, y otros para cambiar los desgastados por unos ya reparados. Quizás estos mismos zapatos sirvan luego para identificar al indocumentado muerto al otro lado del Río Grande. También en México, los zapatos son el lienzo de las promesas por cumplir, nombres que recordar de los migrantes que emprenden camino al norte. No en México sino a miles de kilómetros en China, diminutos zapatos contenían promesas de ascensión social. Ascensión esta vez por una valla, como la que posibilitan improvisados zapatos en las fronteras de Ceuta y Melilla. La muerte empieza por los pies en los campos de concentración, nos recordaba Primo Levi.

El zapato es materialidad, reliquia que hace presente a los ausentes, haciendo que la ausencia ya no sea simplemente vacío. Los zapatos no buscan la representatividad, apelan a lo que queda, los restos, huellas de humanidad al tiempo que de des-humanización por su mera existencia como despojo. El zapato parece hablar por aquellos que no pueden ser escuchados.