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Entre lo excepcional y lo ordinario: las formas de vida de los “sin”

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Por María Martínez

A finales de abril de 2017, el periodista colaborador de El País, Manuel Jabois, publica un reportaje sobre una familia Siria huida de la guerra y asentada en un campo de refugiados en Líbano (consultable aquí). La familia sobre la que escribe este periodista es una entre las tantas, ya no de refugiados, sino entre lo que Rancière llamó hace unos años sujetos “sin parte”; en este caso dirá el periodista: “sin casa, sin ropa, sin dinero y sin pasado”, sus niños son “nacidos sin patria, sin nacionalidad”. Son sujetos que por las carencias que les han sido infligidas, se constituyen como el reverso del sujeto medio, normal si se quiere, del ciudadano, del humano pleno. Son sujetos carentes. Por tanto, sus vidas deben salirse de lo ordinario de quiénes se encuentran en la media, en la normalidad; sus vidas, por esas carencias, han de ser excepcionales. Pues, como dice el periodista, “un refugiado puede sobrevivir, pero no vivir”. No puede llevar una vida ordinaria,ha de ser excepcional.

Y lo es. En el relato del periodista, así como en el de muchos antropólogos que trabajan sobre espacios llamados de excepción —campos de refugiados (Agier, 2011), zonas de abandono (Biehl, 2005), zonas de prostitución (Molland, 2013)— se imponen las historias de la excepcionalidad de la huida, de la violencia vivida, del sufrimiento causado por esas experiencias que acaban conformando a estos individuos como sujetos sin. Sin embargo, y con un tono de cierta sorpresa en algunos casos, aquellos que se acercan desde el periodismo y desde la antropología a los espacios de vida de los “sin” encuentran allí buenas dosis de ordinariedad, incluso de banalidad. Las “casas” del campo de refugiados, de los que nos habla Jabois, parecen “casas normales”: “hay ambiente de hogar: detalles colgados de las lonas que hacen de paredes, sofás, un televisor encendido y café caliente.”. Y, sin embargo, algo chirría al periodista de esta escena. Su argumento es que esas familias proceden de un “mundo real” —el que dejaron atrás por la guerra— y ahora lo imitan en el campo de refugiados. ¿Es realmente una imitación? ¿Qué desajustes produce el habitar una imitación, una simulación? ¿Y qué sucede con quiénes nunca fueron parte de ese “mundo real”; son sus vidas absolutamente excepcionales? ¿O es, más bien, la asunción de que la excepcionalidad de esos mundos de vida anula toda posibilidad de normalidad para quienes en ellos viven? ¿No será que nos encontramos ante formas de vida que se mueven entre lo excepcional y lo ordinario?

En efecto, la ordinariedad, la normalidad, de esos espacios de excepción no es la ordinariedad de los “sujetos con parte”, pero tampoco pertenecen los “sin” a la excepcionalidad absoluta. Nos encontraríamos, sin embargo, ante un movimiento permanente y bien interesante de analizar: la construcción de normalidades, paradójicas, paradójicas puesto que se construyen en los espacios de excepción. Se parecen a nuestras ordinariedades, pero algo nos alerta de que no lo son completamente. No son tampoco imitaciones; o precisamente son esos intentos de imitación, de simulación, los que nos permiten ver ese movimiento extraño entre lo excepcional y lo ordinario. Las vidas de los “sin” son excepcionales y ordinarias al mismo tiempo.