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Cuando el humanitarismo habla de humanidad a través del zapato, por Ivana Belén Ruiz-Estramil

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Los zapatos, el calzado en general, como artilugio que nos aísla de la aridez del suelo, las inclemencias atmosféricas, se ha convertido quizás en el emblema más significativo de nuestra condición de sujeto socializado. El mero cuerpo, la presencia física, no es suficiente para el reconocimiento del “ser” como sujeto de empatía.

El calzado lo tomo aquí como ese “material” que nos aísla del contexto de “naturaleza” y da cuenta de nuestra socialización. Por una parte estrategia de supervivencia al entorno, por otro como herramienta que disciplina nuestro ser biológico, el zapato se convierte en el artefacto que nos civiliza y da cuenta de nuestra civilidad (Valga el juego de palabras: “civilidad” tomada ahora desde la acepción de “sociabilidad”, “Urbanidad”, como proceso de socialización determinado, aplicada al contexto específico, procedente de “civilitas”).

El zapato habla de nosotros, nuestro cuerpo (morfología), nuestro entorno (contexto), y nosotros hablamos de nosotros mismos llevándolos (hábitos, gustos,…). Coincidencias (o no) del destino, una campaña de ACNUR de hace ya algunos años colocaba ante nosotros diferentes pares de zapatos a raíz de los cuales llegábamos a historias de refugio, enmarcado ello en la campaña: “Ponte en los zapatos de un refugiado, y da el primer paso para entender su situación”

El zapato como resto en una playa, y también como vestigio de quien lo portaba, retal de su propia humanidad, es utilizado en la campaña como canal para llegar a la historia, como puente para conectar con ese “otro”. Ponerse en los zapatos del “otro”, encarnar la humanidad del mismo, como acción posibilitada por el propio calzado, identificando así su humanidad.

Ese “otro”, aunque no lo veamos, aunque no haya cuerpo, aunque esté desaparecido, nos es ya alguien más próximo, conocido, nos es humano… llevaba zapatos.