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Ausencia y desaparición

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Por Gabriel Gatti, Jaume Peris, Iñaki Robles, Silvia Rodríguez, Ramón Sáez

La “ausencia” es un tópico mayor de este asunto. El desaparecido ya no está, nadie lo duda y alrededor de su ausencia, de su mala ausencia, se movilizan lenguajes, recursos, oficios y mundos de vida. La ausencia es un dato general pues y si esta ausencia duele, como todas, duele más pero porque es una mala ausencia —imprevista, catastrófica, repentina, violenta…—. Y si se gestiona con dificultades, como todas, esta más, porque no se tiene cómo. Lo afecta todo: a las cosas, a las pruebas, a las palabras, al lenguaje, a las imágenes. Tan tópico es que el asunto se ha convertido en un lugar común de todas las artes de la postdesaparición: en derecho, porque hay ausencia de pruebas, de testimonios; en el campo psi, donde hay ausencia de muerto y por eso de duelo; o en ciencias sociales, donde falta mucho de lo que hace a una vida ordinaria: continuidad, estabilidad, norma y previsibilidad; en el campo del arte, ni una ni dos ni tres son las muestras que se apropian del concepto para hacernos pensar la desaparición forzada.

Como ausencia es uno de los tópicos comunes de la literatura sobre desaparición forzada, uno de sus lugares recurrentes, se ha naturalizado y la literatura que lo afirma ya casi no lo trabaja En Desapariciones nos hemos preguntado si el concepto merece ese estatuo ¿No habría quizás que sustituirlo por otros que se le parecen y cubren más terreno y mejor y más actualizada bibliografía: invisibilidad, precariedad vital, vacío, deshumanización…? Quizás sí pueda afirmarse que el viejo término, “ausencia”, es un peso pesado de las desapariciones originarias, las de la falta repentina, las del duelo que no cesa, pero ¿en las nuevas, las ordinarias, las que se construyen en otras faltas, más estructurales e instaladas, de ausentes pero con vida, esto es, de ausentes pero no para sí mismos sino para los instrumentos que dan cuenta de y dan cuento a las cosas, esos que establecen los umbrales a partir de los que se cuenta o no? ¿Seguirá “ausencia” mereciendo, entonces, la centralidad que ahora tiene cuando logremos ensanchar la categoría madre —desaparecido— más allá de los territorios del desaparecido originario?

Para ese trabajo de desnaturalización del concepto y de búsqueda de alternativas tocan tres tareas: la primera volver a juntar ausencia con las ideas de vacío y de representación; la segunda pensar en la ausencia como el efecto de ciertos mecanismos más o menos universales de funcionamiento de la vida colectiva: la ausencia es lo que no es para las políticas de producción de presencia, lo que queda necesariamente fuera de lo que se ve, se lee, se conoce y se percibe, en fin, la vida social al margen, invisible; la tercera situar el mecanismo, darle historicidad, pensar las raíces de los procesos de (des)presentización de nuestro tiempo: los que producen subhumanos, infra-vidas, no-vidas, excedentes, restos. Gente fuera de registro, ausente. Desaparecidos.